Novela: La guillotine

En esta página, Edma irá colgando su famosa novela en versos alejandrinos rimados, o no. Las notas al final del texto.

1. 

En el hotel des Palmes, calle Ingham(1), en Palermo
Seis hombres de negocios, entre ellos una dama,
Se han reunido en torno al calor de la llama
De una conversación que se reduce al yermo
Preguntar-responder, lo que sucede en todas
A menos que llevemos al tándem de las bodas
Esas gruesas pisadas con las que el paquidermo
Soluciona el complejo devenir de un coloquio,
Mantenido a tal fin de urgar en la herida,
De meter en el ojo un dedo de por vida
Y volviéndolo estólido y seco soliloquio.
Sólo un hombre de genio, a tal fin un Verrocchio
Podría aun describir tertulia parecida.
La velada, por tanto puede decirse ingrata
Pues no se habla de ocios; de dineros se trata
Y de esas promociones, campañas y vaivenes
Que para el comerciante europeo son sienes
Contra las que dispara ese colt invisible
Que si no acierta blancos, sí acierta al imposible
Caballo herido (2). Larga la voz de P. Godino,
A quien responde, oiréis, la voz de su sobrino:
"Monsieur, bien me parece que el nombre de la Francia
No haya de mencionarse en el de esa fragancia,
Pues con tal providez que da usted nombre claro
Al aroma, verá que se hace un poco raro
El que figure franco sobre la apoteosis
Nombre que debió ser cortado por fimosis
De la historia magnífica del país que menciona." (3).
Responde otro señor, cuyo obvio sonrojo
Deja bien a las claras el punto al que me acojo." (4)
En tanto, silenciosa tras la pared contigua,
Se sucede, diría, una escena de fiebre,
Una escena sucinta, al final tan antigua
Como la que sucede entre el galgo y la liebre.
Pero en la dos-dos-cuatro siguen los alquimistas
Buscando el ojal justo que a ese hilo enhebre,
El del negocio caro aún lleno de aristas
En cuyo redondeo (5)se emplean tantas manos.
Todavía no deja de ser mero presunto
El nombre sobredicho, supuesto mas arriba,
Que pretendieron darle primero a la diva. (6)
Pone sobre la mesa sus cartas Rodineau
Y de su boca sale un simple y llano no.
"Tamaña estupidez, tanta falta de juicio."
Dice: "Digo que no, que me saca de quicio.
¿De qúe estamos hablando? ¿Dónde veis el problema?
El asunto sin más no es si se blasfema
O si..." "Bien, pero..." Pronto la señora le ataja
y dice: "Veo claro en el debate un vicio
Y quisiera aclararlo, puesto que es una alhaja
Aquello que vendemos centremos el dilema."
No siempre pero, a veces, detener el camino, 
Sentándose a la orilla, olvidando el destino,
Con perjuicio en la trama y en ese desarrollo,
Echar la vista atrás y con quehacer ladino
Devanando la urdimbre, deshacer el embrollo
De tanto hilo cruzado en este palimpsesto
Donde de lo que queda no queda sino el resto
De nada. Degranando a nuestros personajes,
Nos queda aún el carácter altivo de Godino
Y el, un poco inocente, que tiene su vecino
De mesa y pariente, y tal vez las salvajes
De Rodineau palabras, digo y sus virajes
Y ese cambio de tono que sirve de alimento
Al próspero negocio y que concede aliento
Al abrir y cerrar carpetas y folletos (7),
Y el traspasar de puertas, solucionar aprietos
Y dejar que las ansias se las lleve ese viento
Que derrumba al ídolo en la cabeza erecto.
También, ahora recuerdo, nombróse a un caballero
Que no dijo ni mu, lo intentó más sin logro. 
Eso es lo que pasa, me temo, cuando un ogro (8)
Abre amplias sus fauces y traga mariposas.
Y, aún, madame Fredez, nombrémosla ahora,
Que contemporizando a Rodineau implora.
Pero siga la trama, alegre y alejada
De lo que pasa cierto, de lo que pasa claro.
Madame, digo, decía que se le hacía raro
El objetivo oculto de tanta carcajada.
Ninguno de los otros le ataja, politesse,
En este caso oblige y el otro es un francés.
Y sigue: "Las palabras sí tienen su importancia 
Pero dentro de un orden." Sonríen los señores.
Pero sigue: "Digamos que también la elegancia..."
Severo Rodineau, relajado el sobrino
Devuelven la mirada como tristes actores
De una comedia ajena, de un circunloquio extraño, 
Como si sus palabras ocultaran un daño.
Pero tanta tensión la rompe un camarero,
O por no anticiparnos, su toc-toc a la puerta
Que ante sorpresa propia no ha encontrado abierta.
Otro fue hace un momento cuando entrara el primero.
Ante la leonina mirada del doctor
El menú de bebidas entona el buen cantor.
Enigmatico (9) al cabo, geométrico de esferas (10)
Negras y blancas, vase y al irse las miradas
Cambian. En el pasillo cruza con un ajeno
Que no le mira. Sabe, sospecha que las eras
Se agostas, que los bichos (11)  entre flores y hojas
Decantan petalíneo tal horrible veneno
Y vuelve de sus pasos. Entra. Dice. Le miran.
Sabe que no se mueven, sabe que no respiran
Pero dice y aquello cambia sus comisuras.
Sabe que no le miran. Siente que no le tocan, (12
Que los días son largos y las horas tan duras...
No hay ninguna tristeza en pensar si revocan
O no la complacencia de esas monotonías, 
De ese tonto farniente del que sus señorías,
Advierte, bien disfrutan y en ello se equivocan.


***

La tarde avanza larga y en el balcón la dama,
Ajustadas sus lentes (13),  se ensueñoa en una rama
De palmera. Las luces. la lejana bahía, 
En ese siesnoés se entrega al nocheydía
De decidir si aún puede irse a la cama
O no. El entretanto se sucede en la alcoba
Donde Thierry sospecha superado su hipo, 
Excepto que, se dice, aparezca otro tipo.
Rodineau, que no sabe ver algo en las mujeres,
Dice, y no se le oye, algo de sus quehaceres
y esto y lo otro sin pensarlo un minuto.
Pero en ese momento por su mente atraviesa
Una idea fugaz que de manera aviesa
lo transforma de pronto en apenas un bruto.
Se incorpora, se acerca al balcón y la fría
Mirada de Fredez, de azul pintado el ojo
Y el labio de carmines y de aburrimiento,
Limpiando sus vaines con un pañuelo flojo,
Desleido en los dedos, añade a ese momento
Un temblor que la vista no advierte pero el viento
Modela en su muñeca que iluminan diamantes,
Piedras que fingen, son, los agudos guisantes
Cotidianos por ser como tapas del día
Y que no significan, que en la cafetería
Se ofrecen como hundidos, vencidos hierofantes.

2.

Una tarde cualquiera se sucede en Amberes.
La avenida mojada duplica a esos seres
Anónimos y belgas en general que viran
Sus trayectorias y que a ningún otro miran,
De ahí el anonimato (16) de cada uno de ellos.
La calle doble, arriba y abajo de la calle,
Sucedida en el agua intenta que me calle
La verdad que sucede, esa que no se cuenta,
No vista por los ojos, tan amable y violenta.
Y la verdad es simple: dos hombres en la sombra, 
Godunov y Thierry fingen que no se nombra
Lo innombrable y sucede de hecho lo imposible,
Por una callejuela divisan impasible
Apenas la silueta de la mujer que sabe,
Bajo su gabardina, de aquella tarde horrible,
Del comercio fatal o letal compraventa
De vidas y perfumes bajo palabla suave.
Ajustan sus perfiles al contraluz del ángulo
Y en la esquina suponen hablar de algo factible,
Mientras la sombra larga de la tarde se asienta
En un ámbito opaco que conforma un cuadrángulo:
En un punto madame que mira sorprendida 
A otro punto, el exacto de la larga avenida
Donde tío y sobrino fingen hablar de flores.
Otro punto es la tarde suspendida en la opaca
Luz no bien dirimida en matiz y colores,
Luz que aún no está muerta aunque no tenga vida,
Luz que alarga la tarde u que la deja flaca.
El último, el misterio tan estricto y abstracto
Del encuentro casual (17), profundo y solitario
De los tres asesinos en el triste escenario
Donde va a sudederse un alegre entreacto:
Están Polichinela, Colombina y el gordo
Pantalón que, a la postre, se presume de sordo.
De las cafeterías un aroma de menta
Alarga la pesada caída de la tarde
Que se aburre a su antojo de luz extinta y lenta,
Como voluta de humo de un cigarrillo que arde.
El caos que parece haberlos reunido
Se fija en los detalles (18) y obliga a un traspiés
A Irène Roche, neé Fredez, que se inclina al fijar
Sus ojos en los ojos de ese recién venido
Cuyos brazos amables corrigen su revés,
"Perdone señorita...", "Pero usted..." Pero el mar
Fue demasiado bronco la tarde de la miasma
De crimen y diamantes, de perfumes de de asma
Intenso de la tarde. "La tarde, caballero,
En que, y recuerdo bien, emtrambos compartimos
Tanto..." (19)  "Mil gracias." Dice y torna su mirada.
Y Rodineau: "Señora ¿acaso no nos vimos
Hace años en Italia por cosas de dinero?"
Rodineau obviamente no sabe lo que dice
Y Thierry, muy tranquilo, se impone y contradice
Su desliz, un desliz que le pone en el mero
Círculo de insensatos. La dama se despide.
Ángulos de la calle: dos, son los asesinos
y la ejecutora, y dos más, los caminos
Cruzados por el caos que todas cosas mide:
Ninguno a ningún otro ni permite ni impide
Roce o cruce que altere, perpetúe destinos.


* * *


La lujosa trastienda, sólamente adornada
Por un fino Van Dongen, muestra que el mostrador
Y los sucios estantes son sólo una fachada,
Que la mugre de suelo y su inquetante hedor
No dicen lo que saben, que no es en derredor
Donde debe mirarse u olerse, mas al fondo,
Fijando pituitaria y pupilas más hondo.
La alfombra blanca y pulcra y las sillas de obscura
Madera bien lacada entornando la mesa
Alta, cuadrada y breve, obviamente caoba,
Cuyas patas larguísimas inflingen una dura
Posición de principios o como si una pesa
Cayera golpeando el rostro de la loba
Recién cazada cuyas fauces desencajadas,
Lo mismo que los hilos de Shiraz de la alfombra
Enseñan la barbarie de lo que no se nombra.
Así, de esas patas  huyendo, las miradas
Vienen a reunirse con esa frente franca (20)
Y mentirosa y fría que al común de la gente
Pareciera sincera y, aún por simple, valiente.
Extrae Lipp las piedras de una bolsa de seda,
Deja que se resbalen sobre la mesa. Enreda
Con la bolsa. La guarda y dice bajo: "Espero
Que sea sólo el principio. Sólo doce. Aún queda
Una mayor remesa que llegará en Febrero."
Deja que Rodineau y Cavestagne las toquen
Y se acerca hasta un mueble del que saca una nota.
Cavila Cavestagne en cosas que le evoquen
Las piedras. No sonríe Rodineau pues la lupa (21)
Le concede pensar que no es un idiota
Quien en la sombra mínima advierte un falla
Que romperá la piedra la más severa talla.
Vuelve Lipp, sonriendo les enseña el papel
Pero al ver en los ojos de Rodineau la hiel,
La bilis y la sangre y la piedra en la mano,
La piedra, esa piedra que sabía sin venta,
No dice: "Esta cifra, la superior, se asienta
En la actual transacción. En la inferior es vano
Decir..." Y no lo dice. Se queda con la cuenta.
2 taxis, 6 cigarros y 3 cafés indican
Que cuando se complican las cosas se complican
Pero, muerta la tarde, a espera de esa copa
Ríen en el albergue donde se magnifican
Los riesgos superados. Ya cambiados de ropa,
Cavestagne, impasible, no mira, siluetea
La sala. Rodineau, imposible se menea.


3.

Thierry de Cavestagne quince años más viejo,
Lo que le ha permitido hacerse un pellejo
Con la vida llevada y adornárselo al cuello
Que para los inviernos ásperos es bien grato
Algo que disimule un rostro de novato.
Thierry, digo, conoce a alguien en la calle
Y el conocerla sólo se le va en ese ello
Que es conocerla sola, en el solo arrebato
De decirle: "Querida, perdona que no halle..."
De decirle: "Querida, perdona que me calle
Palabras..." Y así sigue: "Calladas no halladas..."
Y agoniza la tarde, la sombra (14) dentelladas (15)
Saca a la última luz y un desangrado día
Se acurruca en un muelle. A un lado, al otro lado
Mira y se sorprende de ver aun en el suelo
Un reflejo de luces, un refracto de cielo
Sanguinolento, tardo, amargo, terminado
Que se escapa a la sombra en un rápido vuelo

***

La noche y los amantes. Pausada, pasa fria.
En las carrocerías obscuras de los coches
Lucen sordos y raros los brillos de la escarcha.
Hay bastantes bocinas. También se oye a la mía
Protestar con los otras ante la lenta marcha
De las desocupadas, preocupantes noches
Del boulevard Hausmann. Thierry cruza los brazos.
No la mira. Se dice mirando las alfombras,
Entre cuyo dibujo se adivina un diseño,
Aunque no se resuelve, de variados fantoches.
Se dice que no importa si vuelven los abrazos
O parecidas fintas porque serán las sombras
Quienes les cerquen mustias, el olvido su dueño
Quien apague sus trinos (15a)  y quien rompa sus lazos.
A las horas, Irene, repuesta de su sueño,
Se incorpora y presiente que Thierry se ha marchado,
Que la noche pasada pasó como una garra (15b),
Que su agudo colmillo (15c) le ha rasgado la espalda,
Que, en realidad, fue el crimen quien les ha separado.
Se levanta y se viste y, al ponerse la falda,
Siente que algo se cae. Lo mira y un diamante
Sin talla ve, sin gracia como un examante.


* * *